viernes, 1 de mayo de 2009

Lo que cada modelo esconde.

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Me gustan los peines, lo reconozco. Tanto, que una amiga comenzó a llamarme en secreto “el niño de los peines”, lo que a mis casi 50 me pareció perfecto. Con estos antecedentes parece razonable presumir que cualquier papel que yo pinte debe tener algún peine, sino varios, en su diseño. Así que de una manera muy natural me afané aplicando las últimas novedades que había descubierto, y que he descrito en una entrada anterior, a los peines, a mis queridos peines. Lo que nunca pensé que iba a encontrar era una variante de un modelo que había perseguido tiempo atrás, variante que puede aplicarse a cualquier peine con resultados diferentes y que además, por un fantástico error, se me iba a permitir entrar, ¿como diría yo?… en la intimidad del marmoleado. Y conocer su aspecto desprovisto de oropeles y colores.


Comencé tímidamente intentando replicar el movimiento del peine con agua de hiel, con estos resultados:











Intenté también distribuir el diseño en trozos independientes:








Me gustó mucho ver como los canales que abre la hiel pueden emplearse para verter allí nuevos colores y conseguir interesantes degradados:









Que también pueden realizarse en horizontal:





Y, ¿por qué no?... en ambos sentidos:









De repente me acordé. Art Nouveau. Un diseño que habia intentado realizar alguna vez cosechando siempre escandalosos fracasos. Busqué y encontré entre mis libros esta reproducción:





Algo así es lo que debía intentar hacer. Me parecía que ahora tenía los recursos que me faltaron en otros intentos. Ahora tenía que ser el momento.





No estaba nada mal, pero deseaba lograr un diseño más claro, más nítido, y además eliminar el salpicado dorado, que me gusta mucho, lo llamo "enriquecer" un papel, pero que en este caso no deseaba.





Aquí estaba. Ya solo quedaba definir los ramos que forma la hiel cuando se la hace participar en el papel. Pero, a veces, pueden darse varios pasos a la vez. Así que además decidí desvanecer los márgenes.





Había terminado. De momento. Un ramo, como el papel azul del encabezamiento, y dos, como este último. Suficiente sin ninguna duda. Pero yo no soy así. Me domina la ambición. Y además, en el terreno que estamos, incluso la alimento. No me parece mal ser ambicioso con el marmoleado. Así que quiero más. Y me acordé de otra cosa que había intentado algunas veces. Pintar solo con dorado y negro. Una combinación segura, a pesar de que las sevillanas piensen que falta el rojo. Esta vez lo conseguí.





Incluso pude preparar varios papeles con diferentes modelos y comprobar como de cada uno de ellos salía un ramo diferente, el primero, el azul, eran unas plumas, el anterior un buqué, ahora vienen el gótico y las espinas onduladas:








Estoy seguro de que cada diseño da un ramo diferente. Cada modelo esconde una sorpresa. Pero no quería atragantarme. Me pasa lo mismo con los libros que más me gustan. Tardo siglos en acabar de leerlos porque quiero que duren eternamente. Con los papeles debía hacer lo mismo. Cuatro variantes son un buen montón. Y tenia además dos colores para hacer. Así que solo faltaba pintar una buena cantidad de ellos. Ya experimentaría más adelante con otros modelos. Podía experimentar con tantos que me satisfacía tan solo pensar lo que podría encontrar con el tiempo.

Pero a veces surge la equivocación. No me disgusta equivocarme. Aprendo de mis errores. Todos los dias aprendo mucho. Y trato de sacar ventaja. Saber, por lo menos, lo que no debo hacer. Lo que sucede es que esta vez mi error... fue un regalo.

Estaba haciendo uno de estos papeles dorados, lo lavé, desapareció el oro... y allí estaba... la radiografía del marmoleado... lo que de verdad es cada modelo cuando se le despoja de todo adorno.





Rápidamente comprendí la causa de mi error y pude hacer más radiografías, soy un curioso, queria mirar un poco más, ver el aspecto de un solo ramo, de cada modelo...





El siguiente buqué, que va ser lo último de esta entrada, me pareció fantástico. Me sentía como si mi amor, también reconozco que estoy enamorado de mi trabajo, me hubiera aceptado. El marmoleado es muy elusivo, sé perfectamente que solo da su mejor cara cuando quiere, no cuando a uno le hace falta. Pero ahora había consentido. He sido admitido a su intimidad. Quiero al marmoleado. Y, de alguna manera, me siento correspondido.


3 comentarios:

Sótano dijo...

El marmoleado acaba de decirte si quiero, eso seguro.
Que papeles tannnnn maravillosos.

Anónimo dijo...

Hola Antonio, me alegra saber que te va bien, pero sobre todo que estas experimentado y descubriendo que se puede hacer, sino todo, casi todo lo que uno se propone e intenta.
Sigue así.
Elena.

El taller de Curra dijo...

Impresionantes papeles..!!!